Hay alguien que no busca simplemente tenerte. No busca tu tiempo, ni tu atención, ni ninguna versión perfecta de ti. Solo quiere entenderte, contemplarte.
Y eso, puede que no lo notes de inmediato, puede que lo dudes a veces, pero lo sientes. Lo sientes cuando quien está contigo no busca llenarse de ti, ni necesita que hables para escucharte. Admira más lo que callas que lo que se ve, ama más lo que te avergüenza que lo que exhibes. Tienes la sensación de que ve exactamente lo que no muestras y no te juzga. Tampoco intenta arreglarlo.
Mientras el mundo parece constantemente pedir que estés bien, que avances sonriendo, hay algo inquietante y excepcional en quien simplemente te mira íntegra. Incluso si te rompes, especialmente ahí, cuando te rompes. Tampoco quiere completarte, ni te ofrece soluciones ni promesas.
Solo presencia.
Presencia que no exige perfección, que no se altera por lo que te falta por sanar. Esa calma, ese lugar que no has logrado enunciar ni definir, es donde más quieres estar.
No está aquí para distraerte. Pero sin abrir la boca te recuerda cada día quién eres cuando te has quitado todas las caretas y te observas en silencio.
Sus pausas tienen tanto peso. No por estar vacías, sino porque ahí vive algo que las palabras suelen distorsionar: no tienes que hacer nada para merecer, estás de pleno derecho.
Y esa energía no se olvida.
Por eso cuando la encuentras, sin entender el porqué, sabes que es y será tu hogar.