Llevo meses planeando este viaje. Horas y horas de meditación, de conversaciones y de planear las acciones inmediatas.
Mis obligaciones me han contenido, pero este tiempo me ha permitido estructurar, priorizar y aislar cada una de las acciones futuras que ya han comenzado.
Cada una de ellas ya está en marcha, cada una de ellas tiene casi infinitos pasos y todas ellas están grabadas a fuego en lo más hondo. Irán madurando separadamente y parecerá una secuencia de accidentes, pero no, todo está programado. Disfrutaré cada paso, ya sea en llano, con pendiente o en escalada. Disfruto ya de cada momento reservado y aplicado. Siento que los obstáculos se esfumaron, que cualquier desvío que aparezca es una oportunidad para aprender, para agudizar la atención y trabajar en el análisis de mis respuestas ante lo imprevisto, lo incómodo. Sé que este viaje me empieza a acercar a más y más almas, con las que tenemos pendientes ciertos intercambios y aprendizajes. Algunos suaves como una caricia, otros más duros y unos pocos muy duros y edificantes. Conocer, profundizar, desengañarse, perdonarme y aceptar, un proceso que es un ejercicio de voluntad, de lucidez y de humildad. Nadie puede decir que sea fácil, pero quien lo prueba crece como un patagón.
La vida da muchas vueltas, ahora estoy metido hasta la cintura en una de ellas. Alterando el paisaje, las condiciones ambientales y afectando y renovando todo el decorado vital, dispuesto a sacrificar aspectos esenciales, como ver alejarse a Telmo, el gato naranja que tiene absoluta devoción por mí (en este momento está frotando su cara con mi barba, impidiendo que vea bien la pantalla de mi ordenador). Me encantaría no perderte de vista, que no fuese así, pero cuando hay encuentros entre voluntades, hay que saber elegir. Yo elijo que Telmo esté bien. Elijo recordar que el amor es atemporal, que los vínculos de amor (el que es no posesivo) son eternos. Te agradezco, Telmo, haberme perseguido por la calle durante meses y haber venido hasta mi casa para vivir juntos desde entonces.
La determinación para tomar un camino puede ser suficiente, pero si lo acompañamos de voluntad y constancia, se convierte en toda una decisión y apuesta vital… ¡Yo lo apuesto todo a ganador! Sé de sobra que nada se regala, pero la fe allana y empuja. Os iré viendo por el camino, compartiremos tramos y aprenderemos y nos querremos, tenedlo claro.