El acto creativo es la actividad humana que más nos acerca e identifica con la fuerza creadora del todo. Es un acto que puede tener una única etapa (creación mental y material al unísono) o dos, creando primero el concepto y aplicándolo a la realidad posteriormente.
Dudo si es un acto de plena voluntad o si intervienen otras fuerzas de la naturaleza sobre nuestra energía y conciencia. Puede incluso que sea una combinación de vectores espacio-temporales que convergen en el punto de la creación, haciendo una combinación de fuerzas que pasan del más absoluto ente imperceptible al mundo de lo real y a la tangibilidad.
Únicamente podemos asumir y entender este proceso desde un punto de vista de la conciencia, es cierto que hay una actividad llamada “arte automático”, donde la creación se produce en un solo acto sin intervención de la mente consciente, pero esta actividad, más que un proceso creativo, parece un proceso de canalización de energía a través de un individuo: podría decirse que, en este caso, el individuo actúa de médium. El proceso de toma de conciencia, previo al acto creativo, implica una ordenación, un alineamiento de energía y conceptos que desencadenan la explosión creativa, y, si bien el detonante puede ser un acto fortuito o un proceso de colmatación, el motor de todo el proceso está más ligado a la creencia. Creencia en la capacidad creadora, creencia en un resultado que aparecerá, debido la intuición de que las fuerzas percibidas confluirán en un solo cauce con natural ímpetu.
A veces, el hecho de creer es más que suficiente para dotar al sistema creativo de estructura, contenido y acción. En otras muchas ocasiones, el acto de creer está tan arraigado que pasa desapercibido e ignorado por el sujeto que actúa, el que crea.
Rumiando un poco esta cuestión, podemos observar el funcionamiento recién explicado en nuestros actos diarios. No solo en los “oficialmente creativos” sino en todos aquellos en los que nos damos licencias de hacer variaciones e interpretaciones de movimientos mecánicos o de movimientos de pura utilidad. A éstos no les buscamos ni la trascendencia ni la presencia de nuestra personalidad en lo ejecutado, son un acto, casi inconsciente, de nuestra creatividad sin ambición, pero con la creencia profunda de que nadie lo va a juzgar si no les damos importancia. Tememos los juicios, huimos dejando lo creado al albur.
Dominar un poco el ego está bien, ahogarlo cuando no entorpece hace que se crezca en los peores momentos, exponiendo nuestras debilidades a los cuatro vientos. La creación inconsciente de dibujos, formas físicas o movimientos concretos es una de las licencias creativas donde apenas aplicamos la creencia, porque únicamente creemos que somos libres ahí, en los huecos de la conciencia plena, donde nos zambullimos en la anormalidad.
Ornamentos aparte, el quid de la cuestión no es únicamente la creación artística. La chicha está en cualquier tipo de acto constructivo humano, la magia de juntar una creencia en cierta capacidad, un acto consciente y voluntario y un resultado buscado para equilibrar la balanza que se había descompensado en nuestro interior y que nos empujó a ello. Puede que no sea útil, puede que sea bello, y, a veces, obra de un manero.