Tres historias, cruzadas con otros tantos hilos de belleza y juventud. Tres formas de ver el cine, de ver la vida y de actuar.
Jennifer, Dana, Oona; tres líneas entretejidas de esas historias, con sus más y sus menos, con su espacio que parecía insalvable y que lo salvó todo, un verdadero acto de fe que acaba bien. Cualquiera de los que temen a las sombras huiría de una situación así. Todos los que persiguen la luz saben que hay que cruzar zonas de contraste. Ahí el miedo, la búsqueda y la honestidad chocan de frente con las fuerzas estáticas y frías de lo ajeno.
No hay nada fuera del universo, tampoco te mira nadie. Solo te juzgas así tú, con esa dureza, esa impiedad y con tanto dolor. ¿Crees que es invisible? ¡HA! no hay nada invisible. Ni los pensamientos, ni los actos pasados, ni las intenciones ocultas. Todo tiene testigos, todo queda registrado, lo creas o no. Por suerte, ese acceso que todos tenemos a tanto antecedente nos ayuda a ser más comprensivos, más tolerantes y más amables. Nos salva de sentenciarnos a nuestra propia muerte, aunque a muchos no les libra de la tortura. Si pudiese pedir algo al cielo sería acabar con ese dolor, la autoflagelación que acaba con la parte más natural y viva que nos llegó con el primer aliento y que a muchos avergüenza por ver cierta mácula en ello. Si el mundo supiese… ese aliento que nos mantiene de principio a fin es justo la llave de esa energía, esa viveza, ese prana.
Tu memoria son piedras sobre tu tejado, lo que por diseño está hecho para mejorarte y darte más oportunidades, te las está quitando, por todas partes, en cada ámbito de tu vida. Úsala para tu bien, para tu felicidad. No permitas que un recuerdo se apodere de ti, te rapte y te impida llegar donde tu corazón te empuja. No dejes que una huella te corte el paso hacia tu paraíso, que una palabra enmudezca tu luz. Tú te lo mereces, nosotros, los que te queremos, lo deseamos casi con la misma fuerza, pero en silencio. Créeme, créete, quiérete.