Me duele acordarme, no he sufrido ni llorado más en mi vida. La pérdida de una criatura como Perla es uno de los palos que te doblan el alma para siempre. Las vueltas que le hemos dado, que si por la baja de Bea, que si la ineptitud de los profesionales en el hospital, nuestra falta de experiencia, el desconocimiento de la gravedad de la triaditis… Toda la impotencia y el dolor concentrado en un punto, en el centro de nuestros corazones. Trato de acordarme de los buenos momentos que nos brindaba, sus carreras, sus quejidos, sus manotazos y sobre todo su alegría y gamberrismo, impropios de su especie, pero propios de su estirpe. El recuerdo me entristece aún más. Su belleza, su pelo, sus manchas y, sobre todo, su mirada. Su exigencia era dulce, su atención un regalo del cielo, su manera de relacionarse tan altiva y mimosa a la vez… Se dio una singularidad en el universo, una bendición que duró muy poco, su partida es un aprendizaje que no acabo de entender. Su despedida, horrible.
Nuestras vidas cambiaron ese día. Ahí se acabó la inocencia. Allí partieron nuestras esperanzas, con esa llamada a las ocho de la mañana.
Lo siento. Por favor, perdónanos. Gracias por todo. Te queremos.