Vuelta a empezar

No hay nada como equivocarse para aprender. No hay nada como hacer las cosas mal para avergonzarse y así poder reaccionar. Lo primero ante las acciones mal decididas, ejecutadas o mantenidas es comprobar daños propios y ajenos. Así, hemos de tomar medidas para que no se repitan, si afectaron a otros, la disculpa es el primer paso para comunicar el reconocimiento de un daño y la intención de no repetirlo. Pero eso no es suficiente, si cabe, la reposición del daño es indispensable. Si no es posible, tratar de mejorar otro aspecto de la vida de la persona, animal o planta para restablecer nuestro equilibrio interno, nunca para buscar la compensación (que ya no es posible) o la apariencia. El trabajo de mejorar lo ajeno puede ser de diversa índole, desde una acción o inacción física a una verbal, pasando por trabajo mental, anímico o espiritual (llámese oración si se quiere). Todas estas tareas son deberes para con nosotros mismos principalmente, pero también para con los seres afectados por nuestras acciones y nuestra existencia, y para el universo entero, que respira nuestra energía y a la vez nos nutre de ella.

El dolor y el recuerdo de infligir pena o sufrimiento no tiene igual en nuestra vida. Nos puede destruir, nos puede ayudar a construirnos pero no nos puede impedir vivir. En ocasiones no sabemos evitarlo, a veces generamos miedo y rechazo, casi siempre crea lagunas de incomprensión y siempre rompe, aunque sea un poco, la confianza que alguien depositó en nosotros a base de pequeñas licencias comunicativas, por el roce de las interacciones, los actos inopinados, la complicidad percibida y el tiempo compartido. ¡Qué difícil construir!¡Qué aleatorio!¡Qué rápido se pierde por la falta de conciencia! Me gustaría creer que las heridas que dejo se curarán todas, que los sufrimientos se ovidarán, y, sobre todo, que el mundo está hecho para que aprendamos, amemos y muramos todo el rato y a la vez.

No siempre el daño y el sufrimento son evitables. Si no interiorizamos esto, heriremos dos veces, la inevitable y la propia.

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